
Hoy escribí una carta de amor, una misiva desenfrenada donde me ofrecí a visitar la casa de un hombre inmaduro por unos cuantos besos y varias mentiras. Él la leyó con extrañeza, no entendiendo en qué punto de la historia se había perdido, o por el contrario, cuando lo había encontrado, porque sí, era un elegido para compartir conmigo las onces ardientes con piel en vez de pan y semen en vez de mantequilla.
Él me abrió la puerta con cierta ilusión. Yo le miré un poco más abajo de la mitad del cuerpo.Me quedé ahí hasta incomodarlo. Luego subí la vista y le dije:
- Vengo a probar el té que guardas en tu tetera. Calentemos el agua hasta que esté lo suficientemente caliente y mi boca lo reciba, porque detesto las cosas frías. Luego tu puedes beber el jugo de piña fresco que traje en mi bolso.Eso sí, para que me anime a sacarlo tendrás que comportarte, ya que no acostumbro a regalarlo a cualquiera, aunque para ser sincera, a veces se derrama sin querer.
Él sonrió y me dijo mientras comenzaba a preparar la once:
- Jamás pensé que vendrías solo con tus patas cansadas y tu buche hambriento. Pero no te pido nada que no venga de tu vientre.
- Vine por tu mantequilla casera tan famosa. Me dijieron que había que probarla de las mismísimas manos del dueño y aquí estoy- expliqué.
Nos sentamos a la mesa para darnos el banquete. Le di una mordida al pan hasta que extraje algo de mermelada de frutilla. Mario se estremeció del dolor, pues mi acto le pareció salvaje. Luego metió las manos hasta el fondo de la panera, primero con timidez puesto que el pan estaba caliente, luego más rápido para no quemarse los dedos. Ahí fue cuando descuidadamente rasguñó el metal con sus uñas.Del roce se escapó un chillido que nos destempló los dientes.
Yo me levanté un poco de la silla para ayudarlo.
Abrí mi croisant con la ayuda de su cuchillo carnicero, que si bien estaba algo oxidado aún tenía algo de filo. El croisant se partía de a poco exhibiendo su masa suave. Sin medir consecuencias hice que el cuchillo se enterrara más.Lancé un grito de dolor. Me había cortado.
Mario siempre atento, se acercó un poco más para ofrecerme su mantequilla casera y llenar mi croisant. Yo, por mi parte, le ofrecí mi jugo de piña guardado en el bolso.













